Hace mucho tiempo que no me sentía así, es un dolor diferente, un dolor que me hace sentir una tristeza muy grande, un dolor que me hace querer estar en otro lado, un dolor que me recuerda que hoy no es un día igual, que ayer no fue un día igual, y que el futuro no será igual, pues ella ya no estará físicamente con nosotros.
Aunque se que esta en un mejor lugar, que ya no sufrirá, y que no estará solita, aun así el vació que dejo en todos nosotros es muy grande.
Y como no, si fue (y seguirá siendo) el pilar de nuestra familia, la que saco adelante a sus 11 hijos, mientras su esposo trabajaba en otro país.
Esa mujer, que sufrió, que lucho, que lloro, que río, que amo; esa mujer que nunca se dio por vencida, aun cuando la enfermedad le quito una de sus extremidades, y que le puso tantos obstáculos; aquella mujer de carácter necio, de sonrisa dulce y de mirada tranquila.
La abuela más linda, la que me regalo a la mujer que mas amo en este mundo, mi madre.
Como no voy a sentir este dolor en mi corazón, si esa mujer nos dio tanto, aquellas navidades llenas de amor, de alegrías, esas cenas navideñas que todos esperábamos con ansias, donde nos sentábamos a la mesa, esperando deleitarnos con los ricos tamales de carne, de rajas, y con el exquisito plato de pozole.
Ella, es todo aquello que pudo ser en esta vida, buena madre, buena esposa, buena hija, buena hermana, buena cristiana. Dios seguramente la tiene muy cerca de el, y desde ahí seguirá velando por sus hijas, como siempre lo hizo, aunque discretamente pues nunca se metió en asuntos que no le competían, estaba para ellas pero nunca interfirió. Eso si, se preocupaba mucho como toda madre, a tal grado que dejo que la diabetes le ganara batallas.
Dios es muy grande, y por ser tan buena, le dio un último regalo, la dejo morir en paz y tranquila. No sufrió, ni sintió nada.
Dios gracias por llevártela en calma. Te pido que le digas a Doña Anita que la quiero, que lamento no haber sido la mejor nieta, que me disculpe por las veces que pensé que no me quería tanto como a los demás, y que, en las ocasiones que me moleste de verdad por sentirme relegada, lo que pensé o dije no era cierto solo eran palabrerías de adolescente. Ahora que soy mayor, entiendo mejor las cosas.
Seguiré derramando lágrimas, y no quiero que nadie me detenga; de vez en cuando una lágrima rodara por mi mejilla, pues soy un ser humano y como tal, he aprendido a expresar mi dolor; tal vez no haré muchas cosas que otros hacen cuando pasan por este duelo. No rezare el rosario, no prenderé veladoras, no asistiré a un novenario, no habrá un entierro, no vestiré de negro y solamente con pocas personas compartiré mi dolor.
Te quiero abuela Anita, te amo y te llevare en mi corazón, hasta el día que nos veamos de nuevo.
Hasta luego, abuela linda, Hasta luego “mi muchachita” -como solías decirme-.
Aunque se que esta en un mejor lugar, que ya no sufrirá, y que no estará solita, aun así el vació que dejo en todos nosotros es muy grande.
Y como no, si fue (y seguirá siendo) el pilar de nuestra familia, la que saco adelante a sus 11 hijos, mientras su esposo trabajaba en otro país.
Esa mujer, que sufrió, que lucho, que lloro, que río, que amo; esa mujer que nunca se dio por vencida, aun cuando la enfermedad le quito una de sus extremidades, y que le puso tantos obstáculos; aquella mujer de carácter necio, de sonrisa dulce y de mirada tranquila.
La abuela más linda, la que me regalo a la mujer que mas amo en este mundo, mi madre.
Como no voy a sentir este dolor en mi corazón, si esa mujer nos dio tanto, aquellas navidades llenas de amor, de alegrías, esas cenas navideñas que todos esperábamos con ansias, donde nos sentábamos a la mesa, esperando deleitarnos con los ricos tamales de carne, de rajas, y con el exquisito plato de pozole.
Ella, es todo aquello que pudo ser en esta vida, buena madre, buena esposa, buena hija, buena hermana, buena cristiana. Dios seguramente la tiene muy cerca de el, y desde ahí seguirá velando por sus hijas, como siempre lo hizo, aunque discretamente pues nunca se metió en asuntos que no le competían, estaba para ellas pero nunca interfirió. Eso si, se preocupaba mucho como toda madre, a tal grado que dejo que la diabetes le ganara batallas.
Dios es muy grande, y por ser tan buena, le dio un último regalo, la dejo morir en paz y tranquila. No sufrió, ni sintió nada.
Dios gracias por llevártela en calma. Te pido que le digas a Doña Anita que la quiero, que lamento no haber sido la mejor nieta, que me disculpe por las veces que pensé que no me quería tanto como a los demás, y que, en las ocasiones que me moleste de verdad por sentirme relegada, lo que pensé o dije no era cierto solo eran palabrerías de adolescente. Ahora que soy mayor, entiendo mejor las cosas.
Seguiré derramando lágrimas, y no quiero que nadie me detenga; de vez en cuando una lágrima rodara por mi mejilla, pues soy un ser humano y como tal, he aprendido a expresar mi dolor; tal vez no haré muchas cosas que otros hacen cuando pasan por este duelo. No rezare el rosario, no prenderé veladoras, no asistiré a un novenario, no habrá un entierro, no vestiré de negro y solamente con pocas personas compartiré mi dolor.
Te quiero abuela Anita, te amo y te llevare en mi corazón, hasta el día que nos veamos de nuevo.
Hasta luego, abuela linda, Hasta luego “mi muchachita” -como solías decirme-.
